La radiofrecuencia corporal aplica una corriente electromagnética de alta frecuencia que atraviesa el tejido. La resistencia natural de la piel y la grasa a esa corriente hace que sea el propio cuerpo el que genere el calor, desde dentro. Por eso alcanza profundidades que ninguna manta térmica ni ningún masaje pueden tocar.
Ese calentamiento controlado desencadena tres respuestas. La primera es inmediata: las fibras de colágeno existentes se contraen, y de ahí viene el efecto tensor que se nota al salir de la sesión. La segunda es lenta: los fibroblastos sintetizan colágeno y elastina nuevos durante las semanas siguientes, que es lo que sostiene el resultado. La tercera es vascular: aumenta el flujo sanguíneo y el drenaje de la zona, lo que mejora el aspecto de la piel de naranja.
Hay dos modos de trabajo. El capacitivo actúa sobre los tejidos más superficiales y con más agua —piel, tejido subcutáneo—, y es el que se usa para flacidez y celulitis. El resistivo llega a estructuras más densas y profundas. Los equipos que combinan ambos se conocen como tecarterapia o diatermia: es la misma familia tecnológica, con distinto nombre comercial según el fabricante.